9 de Julio 2019

relator

El verano que decidí matar a Dios hubo una ola de calor, y aquello le sirvió, a posteriori, al relator para intentar justificar en los titulares aquel extraño y tosco intento.
Había sido precipitado, sin duda, y diríase que fruto de un impulso, un pequeño arañazo cerebral que empieza como una mosca posándose en el filo de una jarra de cristal biselado y gazpacho, y que, tras el manotazo para intentar espantarla acaba con la jarra, los cristales, y la única posibilidad de refrescarse, huyendo en un riachuelo de gazpacho cristalino, alcantarilla abajo, salpicando las uñas de un pie ya de por sí maltrecho.
Y fueron esas pequeñas gotitas de ajo y tomate, impregnando el talón de Aquiles de la locura, las que le llevaron a no poder más, bajo aquellos cuarenta, quizá cincuenta grados de humedad no infernal, pero quizá sí, desquiciante y límbica, los que propiciaron el intento de asesinato de un Dios, al que únicamente se le pudo amputar el dedo índice, y con él, bajar el potenciómetro que regulaba el termostato de la temperatura de las cabezas.
Cuando la presión intracraneal se redujo, los aspersores del jardín de Dios actuaron como el riego automático de un viejo campo de fútbol para un partido al que se le requería velocidad y manejo del balón. La hierba debía resbalar. Era la grasa del horno.
El relator lo justificó así, en letras pequeñitas, algo acobardado, aunque tímidamente orgulloso, porque todo el mundo, aunque no lo confesase, soñaba con amputar el índice del termostato.

enfant terrible,
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