13 de Febrero 2020

doce vagones

Era el único pasajero en un tren de doce vagones. Lo sabía porque, ante la inquietud de verse solo en su vagón pasados los cinco primeros minutos desde el inicio de la marcha, se volvió a poner el abrigo y recorrió el resto de los vagones. Dos veces, de cabo a rabo. Verificando incluso que no hubiera nadie en los servicios. Como cuando alguien se esconde ahí dentro durante todo el trayecto para evitar al revisor. Pero no, ni aun así, no había nadie en ningún compartimento, en ningún asiento, ni siquiera subido al portaequipajes. Le hubiera reconfortado, porque una presencia, por extraña que fuera, hubiera sido mejor que la absoluta soledad en un tren de pasajeros en marcha.
Se sentía como un intruso en el intestino de un gusano que se arrastraba sobre las vías.
Volvió a su asiento inicial como si alguien se lo hubiera asignado, como si tuviera un ticket en el bolsillo con número de vagón y asiento (cuando aquella siempre era una jungla de mochilas, maletines, patinetes eléctricos, gordos en corbata y niños que lloraban), como si tuviera sentido que respetase el orden de las plazas en un tren vacío, pero tal era la sensación de extrañeza que quería respetar el orden de las cosas por si eso pudiera devolvérselo.
Pensó también que había dormido tanto la noche anterior que quizá el virus hubiera hecho su trabajo y acabado con la civilización, pero no esperaba tal precipitación de los acontecimientos. Así que se relajó y se quedó dormido, mejilla contra la ventanilla, durante lo que debieron ser un par de horas. El sueño siempre necesita más sueño, pensó justo antes de cerrar los ojos. Sabía que el tren no tenía paradas hasta su destino, y eso eran unas cuatro o cinco horas de margen.
Soñó con un enorme revisor que troquelaba billetes sin compasión y se dio cuenta que él era el trocito de cartón troquelado, la parte insignificante que cae al suelo, pero no le dio mayor importancia. Al despertarse, se limpió la rebaba de la comisura de los labios, y bebió de un trago media botella de agua.
Necesitaba entender lo que pasaba. Volvió a atravesar todos los vagones hasta llegar a la puerta que le separaba de la cabina donde debería estar el maquinista. Dudó si llamar, si abrir, o si llamar y abrir. Así que acercó la oreja a la puerta para intentar tomar una decisión. Se sentía ridículo pensando en cómo le mirarían las vacas, desde el prado, al ver pasar un tren vacío con un hombre con la oreja pegada a la cabina del tren. Pero ni siquiera tenía claro que quedaran vacas en ese mundo solitario que parecía el decorado de una película que se había quedado sin presupuesto.
No escuchó nada al otro lado de la puerta así que se decidió a abrir. O a intentarlo, al menos. Porque el puño de la puerta estaba durísimo, prácticamente inmóvil, y en seguida entendió que era una de esas puertas que no puede abrirse desde fuera. Al menos no sin una llave especial. Entonces decidió que había llegado el momento de llamar a la puerta. Sin aporreos, un leve toc-toc, con los nudillos, educado como quien llama a la puerta de una iglesia a media noche. Pero tampoco hubo respuesta, o quizá sí, porque notó cómo el tren reducía la velocidad, y pensó que quizá el maquinista necesitaba hacer eso para poder abrirle la puerta, porque él también estaba solo y no había forma de hacer ambas cosas a la vez.
Así que, relajado con su propia teoría, se sentó en uno de los asientos y se quedó mirando el paisaje. Los pinos dieron paso a un camping, después a una playa, y en seguida empezó a reconocer el entorno, su ciudad pensó, y en seguida comprendió que el tren estaba reduciendo la velocidad para detenerse en la estación, y no porque el maquinista tuviera la más mínima intención de abrir la puerta y saludarle. Así que se puso el abrigo, aliviado por llegar, pero inquieto por haberse quedado tan cerca de resolver el misterio, como el que pierde la lotería por un número.
En cuanto el pitido de las puertas anunció la apertura, se apresuró a bajar del tren. Y en cuanto puso un pie en la estación, salió disparado a la cabina. Necesitaba saber quién estaba al mando. Cruzar una mirada con un humano. Notaba las palpitaciones contra el cráneo en cada zancada, pero daba igual, necesitaba llegar.
Al mirar al suelo notó cómo el tren se ponía en marcha en paralelo a su carrera. Parecía que compitieran, pero es evidente quién iba a perder. Nunca llegó a ver quién estaba al mando. El sol reflejaba en los cristales de la cabina, y sólo alcanzó a ver su propia cara cansada. Se rindió, exhausto, y se dejó caer en el andén, mientras el tren desaparecía, dejando una duda por cada rail. Al levantarse, mientras intentaba recuperar la respiración, se dio cuenta que no había nadie en la estación.

enfant terrible,
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