16 de Febrero 2019

tiza

Es el sonido de una tiza impactando contra una pizarra. Acelerándose. Como si quien estuviera dirigiéndola se acercase a una conclusión. A un corolario de lo inimaginable tras una vida de dedicación. Así que el ruido es cada vez más precipitado, más ansioso, como la asfixia cuando no sabes si llegarás a la superficie. El cerebro patalea para que la mano bracee, porque cada nuevo impacto en la pizarra, es un palmo de agua menos hasta la conclusión. Si queda algo de luz, viene de la superficie.
Y en la descompresión puedes notar cómo se desmigaja la tiza al estallar contra la pizarra. Y si hay una mano que la sostiene, se está haciendo daño. Por la presión. Por las astillitas de yeso bajo las uñas. Por los impactos contra el muro. Por la rigidez en las falanges. Y el ruido cada vez más frío y violento. E impetuoso. Como un caballo desbocado recién herrado.
Al entrar en la habitación he visto restos de tiza en el poyete de la pizarra. Y parte en el suelo. Pequeños granos apenas. Y quizá lo que podría ser polvo blanco en suspensión. Y al alzar la vista, la pizarra estaba vacía. Totalmente limpia. No húmeda, pero casi refractiva. Sin rastro alguno de haberse borrado recientemente. Límpida, casi grasa, recién encerada.
Y después el silencio. Pero en la cabeza, el estrépito de una vida que se acelera hasta la muerte. Y después desaparece. Sin rastro alguno. Sin legado. Sin nada escrito. Sin más ruido de tiza.

enfant terrible,
comentarios
comentarios