5 de Enero 2019

bon mourant

En el sueño, me despertaba en el suelo de la Place Vendôme. Refugiándome del frío en los soportales, con la espalda encogida sobre cartones de un conglomerado de paquetería. El viento me afilaba las costillas como las encías de un lobo. Era un mendigo a las puertas de una joyería, aplastado por la opulencia y la humedad. Era un bon mourant. Los ricos me tiraban diamantes con paternalismo. Sacaban apenas la mano del bolsillo de sus lanosos abrigos negros. Podía ver cómo brillaban en los guantes de piel. Parecían asesinos, quizá lo fueran con su condescendencia. Y yo trataba de atrapar los diamantes al vuelo, como un perro, y después los masticaba con hambre, con cristales en la tripa, como una hucha que se rompe. Podía notar como cada esquirla me atravesaba y alimentaba. Al levantar la cabeza vi la manicura de sus perros, y apenas pude gruñirles. Los ricos se alejaban satisfechos con sus preciosas tripas de cristal biselado, en las se transparentaba la digestión de un filet saignant, centrifugando sangre cara de un animal a punto de extinguirse. Todo debía parecer escaso, y casi extinto; era la única forma de estratificar el acceso. La vida es una partida de ajedrez en la que juegan siete mil millones de personas, pero sólo hay treinta y dos fichas. Y después el frío, y la muerte, y la imposibilidad de acercarse si quiera al tablero.
Me desperté arropado, bajo una ventana en el Mediterráneo. La luz era cálida y mi sensación de traición absoluta.

enfant terrible,
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