19 de Diciembre 2018

estorninos

Atardece cítrico. Las bandas de estorninos escriben en braille, en el cielo, para nosotros los ciegos que sólo miramos al suelo. El frío cae sobre las espaldas como una persiana metálica. No puedo escribir sobre ello porque camino encogido, intentando pasar al otro lado antes de que la persiana me impida el paso. Hace unos meses, calor atrás, cuando las cosas se complicaron, me prometí a mí mismo que me quitaría de en medio cuando acabase de escribir el libro. Ya sabes, uno de esos encargos que no te apetece cumplir pero de los que tampoco puedes escapar. Eres la víctima, y eres el asesino, y alguien te está extorsionando para que acabes con ambos. Y sí, también eres el extorsionador. Por aquel entonces, en las aceras de sandalias, me faltaban diecisiete relatos por escribir. Era una delicada cuenta atrás que no me atrevía a confesar, aunque ahora ya sea evidente que todos podemos ver la mancha del bolígrafo expandiéndose en el interior de la chaqueta. Avanzando por la costura del bolsillo interno. Y creciendo como un cerco de queroseno en un mar de noche. Ahora que ha bajado la marea de nuevo, el barco ha encallado, y sólo cabe la espera a que el óxido haga su trabajo. Y el salitre, y el queroseno, y la tinta, y los siete relatos que restan.No había suficiente agua para el calado del barco y el capitán lo sabía.

enfant terrible,
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