10 de Noviembre 2018

desballestado

He dejado el paraguas, desballestado, a la puerta de su casa, de forma egoísta, como quien deja caer el cuerpo tullido del soldado que le ha salvado la vida. Seguramente para recordar, la próxima vez que me atreva a bajar la vista, del frío en los huesos que me salvó. Cada guerra reza por sus víctimas.
Nos hemos dormido, en el suelo, con el cuerpo aún frío, mirando al techo. Le he dado un beso en el tatuaje del espectrómetro, a modo de despedida. Porque ante un desconocido, uno nunca sabe si la muerte está dentro, como la procesión, o fuera como el paraguas tullido, aún mojado.
Al despertarnos, he subido la persiana dos rendijas. Una y dos. Dos golpes de muñeca. Estaba desnuda, sobre sus rodillas, y al acercarme a sus ojos, he pensado en el filtrum, y en todas aquellas ilustraciones de enciclopedia de los ochenta, que esquematizaban, con números y flechas, los posibles rasgos de un feto afectado por el alcohol durante el embarazo. En realidad los epicantos están bien, y el pliegue nasal bien definido, es simplemente una belleza lejana y ajena, a cualquier rasgo cercano, o conocido, o que implique únicamente el cruce de razas entre menos de tres continentes.
Recuerdo, ante la cafetera, que ayer me explicó que el mejor café de su vida, lo tomó en una isla remota, cerca de Hawaii, tras tres días sin comer. Bebió de una lata de cerveza, recortada a modo de vaso, que tuvo que limpiar en la orilla del mar, porque había más de diez cucarachas trepando por las paredes de aluminio de la lata, y que nunca antes un café le supo tan bien, a salitre, a cerveza, y lo que supuso que debían ser los posos de cucaracha.
Así que ahí estaba, ante la cafetera, mirando el mar mientras amanecía. Asustado, al saber que estaba preparando un café sencillo, nada exótico, molido y prensado, sin cerveza, ni aluminio que pudiera rajarme los labios al menor movimiento, ni cucarachas en la orilla, para alguien tan salvaje que, cualquier cosa convencional resultaría burda por excesivamente sencilla, y alejada por la lucha por la supervivencia. En cuanto apareció desnuda en la cocina, con su indescifrable acento de mil lenguas, sonreí, y le dije, mientras fregaba las tazas, que no quedaba café. El fregadero tenía un rastro oscuro y humeante, perdiéndose por el sumidero. Sonreí, avergonzado, al no tener cucarachas en la mirada, ni recursos personales cortantes como el aluminio de una lata.

enfant terrible,
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