4 de Noviembre 2018

lithium

Hay un niño tonto escuchando Nirvana. No lo digo yo. Lo dice su madre desde la última fila de asientos de un tren turístico. El chaval no parece tener un pelo de tonto, y además alguien con buen gusto musical nunca puede ser un tonto. El problema, seguramente, es que la madre esté cabreada, porque el día está nublado. Horriblemente oscuro como una caja de temperas rebajada, por defectuosa, al incluir únicamente el gradiente de azules y grises. Pero a lo que vamos, está nublado, y diluvia, y todos sabemos que no hay nada más triste que un tren turístico con turistas en chubasquero, y el chirrido de las ruedas sobre el asfalto mojado, en cada curva de esta ciudad romana cuyos adoquines resbalan en la consciencia de estos turistas holandeses, tristes también como tulipanes robados y pisoteados. Nada más triste que las letras del propio Kurt la noche antes que decidiera quitarse de en medio. Así que el único que parece sonreír es el niño tonto de la última fila, que sonríe con su walkman de los ochenta, enfundado en su camiseta negra con letras amarillas, tratando de decidir si el conductor es The man who sold the world, y la zorra de su madre (no lo digo yo, lo piensa su hijo tonto) es la zorra de Courtney que volvió definitivamente majareta a nuestro querido Kurt. No lo digo yo, lo dice su recuerdo.

enfant terrible,
comentarios
comentarios