11 de Septiembre 2018

Montsant

Me he servido dos copas, generosas, en paralelo, de Montsant porque no me apetecía pensar en volver a la cocina. He dejado allí la botella. Al empezar a cenar te he echado de menos como si alguna vez hubiéramos bebido Montsant juntos. Después, he llorado un poco como si alguna vez hubiéramos follado después de beber Montsant. Me he despertado, con frío, tumbado en el suelo de la terraza. Quería mirar las estrellas como cualquier adolescente que no asume que ha dejado de serlo, pero sigue sin saberse el nombre de las constelaciones. Ha amanecido pronto, creo. Los barcos flotan, suspendidos, en su obsesión por no hundirse. Se parecen a nosotros, pienso, con el perdón de Dios y los navieros. He vuelto a la cocina y he hundido el corcho en el cuello de la botella de vino. Siempre me siento culpable al hacerlo, como el inductor de una privación. He recogido la fruta que puse ayer en remojo. He hundido la mano en el agua y cogido las piezas, una a una. Las he colocado, con tiento, en un cuenco. Se ha caído un paraguayo dejando un rastro de agua sobre el suelo. Ha rodado durante varias baldosas salpicando a su paso. Lo he cogido del suelo y me lo he comido. No he sabido si era el indultado o el condenado. Seguramente Dios haga lo mismo con nosotros cuando nos caemos y empezamos a rodar salpicándolo todo. Quizá él sí sepa, de antemano, qué papel otorgarnos. Aunque quizá, él, desde su botella de Montsant, tampoco tenga ni idea de qué hacer con nosotros.

enfant terrible,
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