21 de Agosto 2018

Andre Agassi

Voy a hablar de tenis porque explica, en parte, donde empezaron mis problemas. También, porque acabo de leer un librito inédito de Foster Wallace, y le he echado de menos, y he recordado su afición al tenis, y aunque siempre me he avergonzado de haber jugado a tenis, porque se suponía que era el deporte de los ricos, y yo no quería que me incluyeran en ese bando, tengo un par de cosas que explicar.
Mi primera fobia social se remonta a un Sábado por la mañana de mis seis años. Me vistieron de blanco y me dieron una raqueta Donnay negra de madera. Me hicieron una foto junto a la red, y después me llevaron a una clase llena de niños que ya sabían jugar a tenis. Ahí empezó mi aversión al fracaso. Lloré durante las dos horas de aquel entreno. En seguida supe que no quería hacer eso, porque implicaba dejar que el resto me viera fallar. Durante los quince años siguientes partí, más o menos, una raqueta al mes. Era mi forma de protesta. De dejar claro que odiaba aquello. Aprendí a destruir cualquier raqueta independientemente del material con el que se hubiera fabricado. La tecnología avanzaba y mi carácter también.
Con el tiempo fui mejorando y para mí comunión me regalaron una preciosa raqueta firmada por Matts Wilander. Que me obligarán a creer en Dios me gustaba casi tanto como que me obligaran a entrenar a tenis. Ahí aprendí el significado de comulgar con algo. La firma de Wilander estaba serigrafiada sobre una chapita roja, y cada vez que ganaba un punto, miraba aquella chapita como si hubiera tenido algo que ver. Con el tiempo, empecé a hacer el revés con una mano -abriendo mucho el golpe-, y a arrancarme las pestañas antes de cada primer saque, porque me estaba obsesionando irremediablemente con Iván Lendl. Era el más flaco de todos los niños, y me gustaba pensar que cada vez más me parecía al huesudo tenista checo. Pero quien de verdad me cambió fue Andre Agassi, porque fue quien me ayudó a entender lo que significaba la rebeldía, la no voluntad de comulgar con el rebaño, la valentía de vestir de colores fluorescentes en el snob club británico, y fue aquello lo que me llevó, por primera vez en mi vida, a ser mínimamente rebelde y a utilizarlo como pretexto para poder dejar el tenis. Me gustaba y aterraba a partes iguales, como una droga, o un mal amor. Hoy, tengo 37 años, y algunas noches, sueño con la forma en que cogía la empuñadura. Ayer, entré en una librería y compré la biografía de Agassi, porque intuyo que cuando sabes que vas a perder el partido, hay que luchar, al menos, hasta la muerte súbita.

enfant terrible,
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