4 de Agosto 2018

flauta

Puedo oír, desde aquí, a alguien tocando la flauta. No es un niño, porque la melodía no se entrecorta, ni es la repetición de pocos compases, ni un ensayo, y sobre todo, porque puedo oler, desde aquí, la madera apenas barnizada de la flauta. En realidad no la huelo, claro, pero la escucho, es una sensación tan vívida que puedo engañar a los sentidos, especialmente en las notas más agudas, y soy capaz de imaginar por un momento, que puedo acercar la flauta a mi nariz, y absorber profundamente el olor de la madera, cuando la saliva del flautista, está aún caliente.
Es una sinestesia inventada, claro, que escucha la vida en colores monocromo, porque eso parece darle a todo un toque más melancólico y mate, incluso en los días más luminosos, como este. En realidad es un pretexto, muy burdo, para poner al cerebro en la litera de arriba, y a los sentidos, en la de abajo.
Algunas ventanas más allá, hay una chica tocando la flauta. Muy concentrada en la posición de los dedos. Interpretando una melodía que dice. Puedo oír, desde aquí, a alguien escribiendo un relato. No es un niño, porque la redacción no se entrecorta, pero sí es la repetición de unas pocas imágenes, nunca un ensayo, y puedo oler, desde aquí, cómo la tristeza lo impregna todo.

enfant terrible,
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