2 de Agosto 2018

Poda

Estoy tumbado en la cama y escucho cómo, al otro lado de la persiana aún bajada, unas tijeras de podar se abren y se cierran cada diez o quince segundos. Imagino que son tijeras de podar porque el sonido del corte es seco y eso hace pensar en un recorrido corto de las hojas. Cierro los ojos para intentar concentrarme y puedo escuchar cómo pequeñas ramitas caen al suelo, fruto de la poda. Por más que lo intente soy incapaz de imaginar de qué tipo árbol puede tratarse. La luz está empezando a colarse por entre los agujeritos de la persiana, amanece azul y huele a hierba recién cortada, aunque no sea primavera y no sea hierba. Las tijeras de podar han dejado de sonar, pero una manguera parece estar empezando a regar las hojas del árbol, de forma racheada, como una lluvia discontinua, pertinaz y delicada. Cuando cierro los ojos imagino el movimiento ondulatorio del agua, de la manguera, y del jardinero. Al abrir los ojos veo cómo la luz que está atravesando las lamas de la persiana, es amarilla y huele a tierra caliente, quizá antes mojada. Al acercarme a la ventana, intuyo al otro lado una sombra que se mueve rápido, e imagino al viento zarandeando las ramas del árbol recién podado. Cuando, por fin, levanto la persiana no hay árbol, ni jardinero, ni hierba cortada, ni tierra mojada, ni ramitas en el suelo. Pero sí un enorme gigante, que me mira incrédulo, con mechones de pelo recién cortado, aún húmedo sobre los hombros, y la cara mojada, ni rastro de legañas en torno a los ojos, que parpadean curiosos, sin dejar de mirarme. Y cuando me pregunto si alguien le habrá puesto nombre a un gigante de esas dimensiones, alzo la vista, y me doy cuenta que el resto de seres son como él. Soy yo el único diminuto, al que todos miran, y se preguntan, seguramente, si alguien le ha puesto nombre a un enano de esas dimensiones. Hasta que me doy cuenta que, quizá, haya sido yo, el objeto de la poda.

enfant terrible,
comentarios
comentarios