31 de Julio 2018

Guirnaldas quemadas

Habrá que empezar a diseñar una vida para cuando caiga la red. Sucederá de una forma inesperada. Primero nos parecerá una enfermedad extraña. Algo impredecible, contra lo que no podíamos hacer nada. Después, cuando lo comprendamos, nos sentiremos terriblemente idiotas por no haber sido capaces de preverlo. Era evidente, diremos. Tratando de buscar una absolución que no merecemos.
Si la caída de la red se prolonga en el tiempo, el ruido de las hojas de los libros podrá escucharse, como aspas de molinos, a cientos de kilómetros, desde ubicaciones que tendremos que repasar con un dedo sobre los viejos atlas, pues habíamos olvidado incluso su nombre, al no poder buscarlo de forma predictiva. Escucharemos también cómo se desvanece el ruido blanco del interior de las cabezas, que estaban secuestradas por las vidas de los demás en esas redes de almas virtuales, dando paso al sonoro engranaje que arranca la introspección y el pensamiento. Los píxeles dejarán de ser las unidades personales de religión de consumo, y volveremos a apreciar las formas naturales, armónicas, y no retocadas de una realidad que llevamos esquivando desde la aparición del baudio.
Si hace unos años Bradbury escribió a qué temperatura ardían los libros, alguien debería empezar a calibrar el umbral de combustión para los enrutadores de red. Para poder describir, mejor que nadie, el poema de guirnaldas quemadas, que tendrá lugar cuando todos los nodos de red ardan. Y caigan. Devolviéndonos así la vida, tras la hoguera digital.

enfant terrible,
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