20 de Julio 2018

maraña

Es un problema de sobreoferta. Existen, ahí dentro, en la cajita de colores que hemos convertido la red, un millón de vidas apetecibles, brillantes, interesantes, y salvajes, que merecerían la pena ser vividas. Al menos, desde el punto de vida del observador, que mira la cajita con curiosidad y, por qué no, envidia, desde su vida pequeña y rutinaria de humano medio de un primer mundo.
Así que, se obliga a vivir, como los otros están demostrando que viven, y sonríe como ha visto que hay que sonreír, y viaja a sitios que no sabe pronunciar, y una vez ahí finge (y en parte acepta) una felicidad espontánea, que quedará retratada en la retina colectiva de espectadores que lo observan desde el otro lado, desde sus vidas pequeñas y rutinarias.
Todo en pos de la recompensa inmediata, del mecanismo de compensación, de la bombillita necesaria, del disparo que riega las calles del cerebro. El actor, el que finge, el que actúa, sabe perfectamente cuál es su papel, y cómo cree que debe interpretarlo, para un público que no ve, pero intuye, porque él un día también estuvo sentado en platea.
Porque el único sentido de que la rueda siga girando, es que siempre habrá personitas aplastadas, por la superficie de contacto de esa rueda, contra el suelo de una red social, en la que todo el mundo se ve obligado a formar parte, porque de no ser así, eres un deprimido digital, un nodo personal infectado de ostracismo, y por lo tanto condenado a la desaparición del ideario colectivo virtual. Lo que no se finge, no existe. Y desaparecer no está permitido. Nadie debería escapar de la maraña.
Tened cuidado, no le regaléis vuestra vida a la red. Porque no os la va devolver.

enfant terrible,
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