17 de Julio 2018

cariátide

La vi de lejos, a unos cien metros, pero fingí no hacerlo, como siempre. Cargué los hombros, intentando ocultar la debilidad con la que llegaba al encuentro, mi evidente pérdida de peso, y el nerviosismo en el parpadeo. En aquellos cien metros, fui capaz de levantar la mirada un par de veces del suelo, y pude verla preciosa e hierática, con los puñitos apretados y el mentón levantado. Podía, como siempre, cargar con todo el peso del mundo, pero no con el de mi tristeza. Y así me lo hizo saber después. Cuando estuve ante ella no la abracé, sabía que esta vez el que olería a química era yo, y no ella. Yo acababa de volver de Grecia, y le tendí una postalita que compré en una isla diminuta en la que olía a pistachos y olivos, y las paredes de las casas eran blancas y porosas. Y las puertas azules como oasis de botellas de plástico de agua fresca. Kalimera, kaliníjta. En realidad poco más escribí en la postal. Porque desde que ya no dormíamos juntos, el trato es que no hubiera palabras de amor en las postales, ni sellos. Solamente podíamos entregarnos las postales en mano, y trazar una enorme elipsis en torno a lo que sintiéramos. Era un pacto, unilateral, claro, que yo había inventado, y que nunca le expliqué. Ahorraba en sellos y derrochaba en decepciones. Pidió el café, como siempre, y nos sentamos en la mesa del fondo, resguardados del mundo, como siempre. Estábamos tan tristes que acabamos llorando los dos. Uno, porque había encontrado la salida del túnel del tiempo que habíamos creado años atrás. El otro, porque sabía que nunca la encontraría. Cuando se fue, me quedé mirándola, como un hombre atrapado en una isla, que ve desde la orilla, cómo se aleja la última barquita de rescate. Desde que te has ido, ya no huele a pistachos y olivos.

enfant terrible,
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