15 de Julio 2018

audioguía

Los viajes interiores los imaginaba con más señales luminosas de advertencia de los posibles peligros, y con alguna que otra salida de emergencia. Esperaba un batiscafo algo más amplio, y quizá alguna cámara a bordo para poder grabar el recorrido y no olvidar, en un futuro, la ausencia de luz conforme más te adentras. Quizá también un micro que permitiera después diferenciar lo escuchado de lo imaginado.
Un viaje hacia el centro de ti mismo en el que todo falla y la infraestructura es inexistente o precaria, hasta que entiendes que quizá ese sea el único parque de atracciones que puedas ofrecerte a ti mismo.
En la placita de entrada al parque, los pájaros mecánicos ni siquiera aletean. Y cuando la vagoneta oxidada inicia la marcha por el rail de la montaña rusa, puedo ver al final del túnel, cómo se están peraltando las curvas de la realidad. Después de la primera caída no hay gritos ni brazos levantados. Todo está en silencio. En el espacio interior tampoco se propaga el sonido, como en el espacio exterior. Aquí no hay nombre para las constelaciones porque no hay perspectiva para poder verlas. La mirada es tan hacia dentro que todo parece un agujero negro.
Los viajes interiores los imaginaba con neones y, al menos, audioguía.

enfant terrible,
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