11 de Julio 2018

cemento

Ha desaparecido la capa de cemento que recubría la parte superior del cerebro. Lo cierto es que se había ido colando por los espacios libres de entre los pliegues cerebrales y, poco a poco, pavimentando una idea dolorosísima con adoquines neuronales. La calzada, cada vez más compacta y asentada, sobre la que todo el mundo transitaba con extraña indiferencia, era la arteria principal en mi ciudad del miedo. La persona que fui se había convertido en un hombre sepultado bajo su propio secuestro. Y no quería negociar con mi secuestrador, que no era otro sino yo mismo. Tenía tanto miedo a la liberación como a una reacción visceral ante el precio pactado. Una tarde, cuando creía que el cemento lo estaba cubriendo todo definitivamente, me dejé caer en el mar desde un acantilado. No era una gran altura ni un mar excesivamente violento, pero sí era algo que siempre me había aterrado. Al entrar en el agua pude notar, súbitamente, que la capa de cemento se resquebrajó al impactar mi cabeza contra el mar. Tras el golpe, saltaron las alarmas y en ese momento los emisores de serotonina, se abrieron, como bocas de riego antiincendios, colgadas del techo de mi cabeza, y en apenas un par de minutos consiguieron apaciguar el incendio que llevaba meses prendiendo, bajo aquella capa cimentada. Cerré los ojos y noté de nuevo el oxígeno correteando en el cerebro, barnizándolo todo de nuevo, y esperando que la neuroplasticidad volviera a casa con bombillas nuevas. Los días posteriores al impacto, los escombros humearon, claro. Y alguna tarde mala, podía verse una pequeña columna de humo negro saliendo del interior de la oreja izquierda. Pero días malos tenemos todos, supongo, y cualquier bombero sabe que los rescoldos son inciertos. Al final, el incendio se apagó, como una nonagenaria. Nunca pensé que una reacción física desapalancaría mi miedo. Fue una paradoja química. Primero se rompe el cristal para poder coger el martillo que rompa el cristal. Quizá fue necesario que una orca se zambullera de forma violenta junto a la orilla de todos mis miedos, y eso provocara que la onda expansiva se llevara por delante todos los adoquines del paseo marítimo que habían recubierto y cimentado el puente de mando.

enfant terrible,
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