8 de Julio 2018

morfina

Se dibuja, sobre la caliza, lo que debieron ser huellas mojadas ahora ya secas. Las camisetas blancas ondean arrugadas al sol. El bitter explota en burbujas rojas de infancia. Y en dos mordiscos la piel de la naranja atraviesa pituitaria y tráquea. A veces me pregunto si ellos serán capaces de darse cuenta cuando un momento feliz (presente) se va a convertir en un recuerdo feliz (futuro). Si es que eso existe, filosofía aparte. Sólo temo a la muerte en los momentos tranquilos, no en los felices. Admiro, en secreto, que papá y mamá se sigan queriendo de un modo sosegado y casi caritativo. Cuando contemplo lo apacible, pienso en mi visceralidad permanente. Esa que me puede llevar a empujar con rabia hasta temblar o a suicidarme varias veces en una misma frase. El pelo de Claudia brilla tanto que si fuera de noche Víctor dibujaría un cometa. Si tienes suerte, la familia es la morfina para la vida. Sino, la cicuta. Apenas hay nubes en el cielo así que cuando los niños levantan la vista no saben a qué jugar, no hay nada que adivinar. A nosotros, nos pasa lo mismo. Cuando miro a los dos extremos de la mesa me pregunto a qué edad se empieza a pensar en la muerte, y en qué momento se deja de hacerlo. Relucen tanto las aceitunas que nos vemos todos reflejados en verde. Papá ha cogido la cámara y ha intentado hacer una foto en la que apareciésemos todos en el reflejo. Nadie ha parecido darse cuenta que mi silueta ya no estaba sobre las aceitunas. A la vida lo único que le pido es morfina.

enfant terrible,
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