5 de Julio 2018

gaviotas

Escucho graznar a la gaviota, y cuando alzo la vista, la veo con la cabeza agachada, como un estilete aerodinámico, un viejo coupé tratando de arrancar el motor, para despegar, desde lo alto de una chimenea de ladrillo. El nido está ahí y el mundo más allá. Los días se pasan lentos con la depreciación del tiempo. Recuerdo los caminos de tierra de la isla, y el polvo entrando en el radiador del coche. Había tantas curvas hasta llegar a la cala que uno entendía, por fin, el sentido del vórtice. Soñábamos con ser gaviotas para poder planear y separarnos después, en caso de necesidad, sin apenas tener que hablar. Sabíamos que cada una, podía subirse a su bolsa de aire, y desaparecer sin aletear. Altiva e indiferente. Pero en realidad no lo hacíamos. Volvíamos al coche y esperábamos fuera, mientras el radiador decidía si podría sacarnos de ahí, aunque todo lo que ofrecíamos era un cubo de agua tibia, por encima del capo y la luna. La mecánica no le interesa a quien no cree en la gravedad. Después, nos poníamos el cinturón, buscabas una canción, y salíamos de allá. Me lloraba, como siempre, el ojo izquierdo, de salitre. Y me acariciabas el pelo, tranquilizándome, diciéndome que los piratas nunca tenían sensación de profundidad. Te miraba, con el ojo derecho, sabiendo que al final, todas las aves vuelven a tierra.

enfant terrible,
comentarios
comentarios