3 de Julio 2018

valle

Me desperté, tras tres semanas de abstinencia, sosegado, capaz de disfrutar de aquello que insistían en llamar el mundo real. Un precioso y radiante sol azul cubría los tejados y las cabezas. Y bajo ellas, un mar que ondulaba amarillo como espigas de trigo fractales, rompía en la orilla de los pies de cuatro dedos. Gente extrañamente feliz y sonriente en cada esquina de una ciudad drogada de optimismo.
Existe un teleférico bien engrasado entre las dos colinas de la sobriedad y la realidad. Los tickets de feria, imprimidos en rojo ocre, sobre papel de fumar, se destiñen en los bolsillos sudados, como el propósito mismo del viaje, impidiendo que el turista recuerde el motivo, pero aún así no deje de mirar por la ventana, más expectante que sorprendido. Y aquello que parecía perfectamente engrasado y preciso como un cuco suizo, se ha detenido, suspendido en mitad del valle que separa las dos montañas de
irrealidad, sobre un campo de lavanda, que al abrir la ventana, se ha descubierto su fresco aroma plastificado de suavizante.
Y mientras el teleférico pendula, todos los ocupantes nos hemos mirado, en silencio, deseando secretamente que de destense el cable que lo sostiene. De una vez por todas. Con el ansia de descubrir cómo funciona la gravedad en este valle que atravesamos.

enfant terrible,
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