30 de Junio 2018

química

Tamborileaba, los dedos dos y tres, de la mano derecha, sobre el labio y bajo la nariz, ante la pantalla, pensando en una buena primera frase, porque si no nadie pasa de ahí. Y pese a no prestar atención a nada en concreto ni encontrar una frase, se olió los dedos. Y de pronto, se dio cuenta que olían a química. Y como era una mañana asquerosamente pegajosa, al estar sin camiseta, pudo llevar la nariz rápidamente sobre su hombro izquierdo, y comprobó extrañado que también olía igual. Había cerrado los ojos para evocarlo de nuevo, y sí, era un algodón impregnado en vinagre rancio que llevaba olvidado quién sabe cuánto tiempo en el bolsillo de un abrigo de invierno. Y lo mismo ocurría en la palma de su mano. Exudaba el mismo olor que le recordaba a ella, o quizá pudiera ser que ella misma estuviera dentro de él, en un embarazo inverso e imaginario. Pero lo cierto es que me estaba empezando a oler la piel como le olía a ella cuando la abrazaba, y ahora lo entiendo, es por la química. En su momento lo sospechaba, pero me decía que venía corriendo, sudada, subía las escaleras del metro de dos en dos, y sonreía, sin mirar a los ojos, pero siempre olía así. A química. Y ahora que ya no la huelo, me doy cuenta que soy yo el que huele así. En un proceso inverso, o quizá de transmisión, en el que por fin, ella ha podido romper la cadena de la culpa. Y soy yo, ahora, el engrilletado. Y la única forma de identificar un cerebro culpable, es acercando la nariz a la piel, y evocar en seguida ese olor. El de la química.

enfant terrible,
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