26 de Junio 2018

Kim Cheever

Cuando Kim se intentó suicidar se llevó de mi vida su vida, y tres o cuatro libros. Uno de ellos era Diarios de John Cheever. Nunca volví a comprarlo porque intuía que eso podía abrir un ataúd de Pandora en el despeinado camposanto de mi cabeza. Lo vi, algunas veces en librerías y bibliotecas, pero notaba cómo iba desapareciendo, poco a poco, como cualquier cosa, por las estanterías del recuerdo. Aunque reconozco que de vez en cuando entraba en una pequeña librería a la que siempre íbamos las tardes de los viernes, a preguntar si lo seguían teniendo. Y que así fuera me daba una tranquilidad de espíritu, casi tan ridícula como la mentalidad de posguerra de mi madre que le lleva a guardar un millón de latas en una despensa por si algún día pasa algo. Están caducadas y roídas, pero es necesario saber que están ahí. Con Cheever me sucede algo similar.
Ayer encontré una edición nueva de Diarios de John Cheever. La han reeditado, parece. Y carece del encanto de cualquier cosa nueva que aún no se ha desballestado, pero aun así, la compré, veintiuno con noventa, en metálico, con la única finalidad de intentar perdonarme, que aquel viernes fatídico no fuéramos a la librería de al lado de casa.
Algún día Kim sabrá que cuando la veo por la calle me alegro mucho que siga viva, porque cuando la miro la veo a ella y a John Cheever. Y los saludo en silencio, con mucho cariño y respeto, muy feliz de que ambos sigan vivos.

enfant terrible,
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