25 de Junio 2018

almendras

Después, cuando todo haya pasado, lo rebozaré con literatura. Con adjetivos blandos que se adhieran como trocitos de almendra picada. Estoy aprendiendo a cocinar mi propia muerte y quizá, por eso, el proceso es lento y temeroso. Como ante cualquier obra decidida. Ayer toqué, por fin, fondo. Como cuando lanzas la caña de pescar en una piscina y puedes oír como el anzuelo tintinea al tocar las teselitas azules del fondo. Y lo oyes, porque en realidad la piscina está vacía, y no hay agua que amortigüe el ruido, y el corcho reposa, girando sobre sí mismo, tumbado el suelo, como una peonza cansada. En ese momento, sabes que no hay nada más, que no hay que recoger el carrete, y que no volverá a haber tensión sobre el hilo que te pudiera llevar a erguir la espalda, dar un golpe de riñones, y sonreír ante la posibilidad. No hay nada. A mi parte cobarde le gustaría cerrar los ojos, descansar la espalda sobre el bordillo de la piscina, y escuchar cómo lentamente el ruidito de un caudal incierto empieza a llenar la piscina. Y abrir los ojos, de nuevo, en otoño, con el principio de la lluvia, cuando lo único que quede sea el anzuelo, a flote, de nuevo. Y al incorporarme, notar la espalda entumecida y algunos trocitos de almendra entre los dientes. Y en el sistema límbico.

enfant terrible,
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