21 de Junio 2018

Kaliníjta

Algunas veces Vassilis se despierta a media noche y lo veo desde esta terraza, al otro lado de la calle Asklipiou, cuando me desvelo con la sensación que mis problemas de sueño son peores que los de todos los guerreros griegos ya enterrados. Y me siento en el suelo de la terraza, con las piernas colgadas en el vacío, y mientras escucho el ruido de las últimas motos que se saltan los semáforos, veo cómo Vassilis se incorpora, desnudo, desde los ochenta y tantos años que le intuyo por la piel flácida y destensada de la tripa que le cubre el escroto, y al sentarse en la cama mueve las piernas, como un buzo que aletea tratando de encontrar en el suelo, las zapatillas de estar por casa que, casi siempre parecen estar algo por debajo de la sábana, y el impulso inicial del pie no da con ellas. Y me apetece guiarle telepáticamente desde el otro lado de la calle, porque en seguida noto que se pone nervioso, seguramente porque la vejiga ya no es lo que era, y cuando por fin lo consigue, veo cómo desaparece desnudo y dormido, hasta el cuarto de baño, que imagino que es la luz de la última ventanita que se ilumina, y al cabo de unos segundos se abre apenas una rendija. Al rato, Vassilis vuelve a la cama, y cuando se acuesta, rezo en ateniense para que sus zapatillas hayan quedado al alcance del próximo aleteo. A veces pienso que nos cuidamos en secreto. Aunque no tengo muy claro si él anda preocupado por mis sueños. Kaliníjta, Vassilis.

enfant terrible,
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