17 de Junio 2018

27E

Andaba pensando en la diferencia, a nivel mental, entre lo dañina que supone una intuición y la confirmación dolorosa de la realidad. Tenía las rodillas pegadas al asiento delantero, el 26F. Estaba algo triste pero la cerveza a diez mil metros siempre ayuda. A mi izquierda, 27E, una griega enorme como una batalla, ordena las fotos de los que deben ser sus pacientes en su ordenador portátil. Las arrastra de un directorio a otro, pero me cuesta identificar los caracteres griegos muy lentamente y se me escapan casi todos los nombres. Cuando parece que ha terminado, empieza a visualizar las pruebas diagnósticas una a una. Son todas radiografías, o eso parece. Columnas desplazadas. Tornillos de aluminio en la cadera. Una muñeca fragmentada como un archipiélago de islas griegas. Parece huesópata, que diría mi sobrina. Veo pasar las radiografías con asepsia, sin aprensión, como fotografías casi románticas, en blanco y negro de Cartier Bresson. Son irreales y por eso son bonitas, casi asumibles. Pero después, se acaban las radiografías, y empiezan a aparecer las crudas fotografías de las intervenciones; las piernas abiertas, la sangre, el hueso visto, los martillos, las batas verdes manchadas de rojo oscuro casi negro. Y vuelvo, en seguida, al pensamiento que llevo meses tratando de esquivar, a la incertidumbre de la intuición y al posterior dolor que supone la constatación. Y aún así, soy incapaz de apartar la mirada de la pantalla. Y me fijo cada vez más en los pequeños detalles que puedan resultar cada vez más dolorosos. Y por eso, cuando la voz del comandante pide que apaguemos los dispositivos electrónicos, le toco el brazo a 27E, y sin apenas mirarla, le pido que, por favor, siga pasando las fotos explícitas y dolorosas, hasta llegar al último paciente, o hasta que el asistente de vuelo nos descubra y nos llame la atención.

enfant terrible,
comentarios
comentarios