10 de Junio 2018

Teşekkürler

En el espectro de frecuencias de las cosas que ya no se ven, está tu recuerdo. Una pantalla proyectada de mi cerebro que dibuja, de nuevo, tu cuerpo desnudo sobre las sábanas azules de aquella azotea en Istambul. Llegaste cansada y dijiste que necesitabas dormir un momento. He de dormir una mica, t'estimo. Hi seràs aquí quan em desperti? Te desnudé en silencio y pasé el resto de la tarde mirando por aquella diminuta ventana el trocito de Bósforo que podía verse y el aleteo de tus pestañas inquietas. Cuando despertaste bajamos a la calle y encontramos el bar más humilde de toda Turquía. Nos cocinaron como si fuéramos familia y nos pidieron una foto de recuerdo. Allí no entraban turistas. Me da vergüenza explicártelo, pero he vuelto a Istambul. Las sábanas de la cama de la azotea siguen siendo las mismas. He dormido un rato desnudo en la misma posición que lo hiciste tú la primera noche. Me ha despertado el viento y he bajado a aquel pequeño restaurante en el que comimos. La familia turca no me ha reconocido, así que he guardado nuestro pequeño secreto para mí. Me han servido kebab con yogur, como aquella vez, y he comido ante la televisión, prestando mucha atención al telediario turco, como si pudiera entender algo. En los anuncios, he apartado la mirada, y he visto en la pared, tras la barra, algunas fotos familiares. En una de ellas, en la esquina inferior derecha, estamos nosotros. Tu sonrisa podría iluminar toda Capadocia. Mi cara estaba velada. He acabado el plato y he dejado propina. He abrazado a toda la familia. Y le he dicho a nuestra foto que aún te quería. He vuelto al banco en el que nos sentábamos a mirar el Bósforo hasta que anochecía. La pintura sigue desconchada.

enfant terrible,
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