9 de Junio 2018

cordones

No me di cuenta hasta que no miré al suelo. De hecho, bajé la vista porque empecé a notar una presión en el empeine. Creía que el calor me habría dilatado el pie, y de ahí la molestia contra la lengüeta. Pero vi que los cordones estaban desatados y cuando seguí su rastro, comprobé que la punta se perdía por el hueco del ascensor. Moví el pie pensando que así recuperaría el extremo, pero me di cuenta que estaba enganchado. Así que me agaché, dejando las bolsas de fruta y verdura sobre el suelo del ascensor. No hace falta haber visto muchas películas de terror para saber qué es lo que sucedió después. Eso es lo que pensé, mientras la fuerza que tiraba del otro lado de los cordones me acercaba cada vez más al hueco del ascensor. Pensé en quitarme las zapatillas, pero había una parte de mí a la que le apetecía acabar de hundirse, literalmente. Así que dejé que lo que me estuviera arrastrando, fuera lo que fuese, hiciera su trabajo. Mientras me comprimía contra la pared, recordé la frase de Kerouac, prefiero ser flaco que famoso. Y me cupieron las escápulas, los dientes, y el alma, por los dos dedos de aquel oscuro hueco. No quería saber qué había en lo hondo del pozo, simplemente quería llegar. Y no sabría cómo explicarlo, pero encontré una extraña sensación de paz y sosiego, ahí abajo. Una desaparición necesaria. Nadie se preguntó dónde estaba, nadie hizo nada por encontrarme, fue maravilloso, ni siquiera nadie tocó las dos bolsas verdes de fruta y verdura, que poco a poco, empezaban a sudar y pudrirse con el paso de los días.

enfant terrible,
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