7 de Junio 2018

vendas

Me desperté con la sensación que el mundo me debía una. Al menos una última. Me volvía a sentir fuerte y flexible. Como un arco recién tensado y encerado. Quizás a punto de resquebrajarse y partirse por la tensión. Pero al menos la madera brillaba. Y, si esta iba a ser la última, las astillas cumplirían su función. Entrené hasta reventar. Notaba el cerebro palpitar contra el cráneo. Me había vendado las rodillas. Como si eso pudiera paliar el dolor. O, al menos, contenerlo. Como un trapo ante una tubería rota. Cuando digo hasta reventar, me refiero hasta llorar. Hasta dejarme caer, al desfallecer, y las manos blandas, al intentar parar la caída, se doblan y raspan, dejando una tela de piel levantarse como una persiana ante un tifón, y al ver la sangre salir a borbotones, chuparla, y agradecer el sabor del óxido en la boca, de nuevo. Y, al agacharme a beber agua, al verme reflejado en el río, me repetí que lo siguiente era una arenga contra mi pusilanimidad. Un auto-Goebbels. Una mentira, para con uno mismo, repetida cien veces, se convierte en verdad. Porque no podía dejar que mi cabeza se me llevase por delante. Así que la hundí en el agua, y grité, como un loco, que no sabe si se hunde o está a punto de volver a la superficie.

enfant terrible,
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