3 de Junio 2018

cuirateries

Escucho, desde la calle, a una madre explicarle a su hijo (presupongo) por qué le acaba de cruzar la cara. Y lo hace con una cadencia maravillosa, relajada, con un tono de voz dulce y monocorde, de forma que la historia parece una fábula optimista, o una nana para ahuyentar los miedos del miedo. Y me pregunto, mientras escucho al niño sorber mocos, desde mi posición privilegiada de espía bajo el balcón, si algún día tendré hijos, y si es así, si algún día sería capaz de cruzarle la cara, cuando siempre he sentido cierto orgullo de decir que nunca pegaría a un hijo hipotético, pero luego recuerdo que siempre había dicho que nunca perdonaría una infidelidad, o volvería con una antigua novia, o soportaría una mentira. Y sonrío, con una mueca de reproche, mientras alzo la vista y miro al cielo, y en ese momento veo al cabrón del niño salir al balcón, y al descubrirme espiando la escena, me escupe con más violencia de la que parecía caberle en la boca. Y mientras veo cómo resbala el gargajo blanco, como un ovillo de saliva, sobre mi camiseta negra, me grita. No eres Dios para decidir quién debe recibir una ostia. Si te vuelvo a ver bajo mi ventana te pondré una denuncia. Así que salgo de allí, avergonzado, incapaz de levantar la vista, carrer Cuirateries abajo. Y dejo que se seque el gargajo sobre la camiseta, para que la costra de la herida sea visible a cualquiera.

enfant terrible,
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