18 de Mayo 2018

sombrero

Recuerdo estar un par de semanas comiendo arroz para poder comprarle un sombrero a mamá. Era precioso, de color burdeos, y carísimo. Recuerdo el sonido de la campanilla de entrada de aquella diminuta sombrerería londinense. La puerta era verde botella y la pintura estaba levantada por la humedad del río. La mujer al otro lado del mostrador me miró los pies para calibrar el precio de mis zapatos. Sonrío y me dijo que no querían nada. Escogí el único sombrero que podía pagar, que para mí era suficiente victoria, tras llevar los dos últimos meses mirando el escaparate por las noches. Una farola iluminaba siempre aquel sombrero burdeos. Recuerdo pedirle a la dependienta una cajita para que no se me arrugase el sombrero en el avión porque era pobre y no podía facturar una maleta que protegiera el sombrero. En un perfecto y dolorosísimo británico me explicó que la cajita del sombrero me costaría más que una maleta y su facturación. Normalmente, los pobres como tú, dijo, vuelven a casa con el sombrero en una bolsa de plástico sobre las rodillas una vez que el avión despega. Salí de la tienda terriblemente humillado. Subí al piso de arriba de un autobús rojo. Y podía ver, a través del vaho en los cristales, cómo todo el mundo corría de un lado a otro, bajo la lluvia, trabajando seguramente mucho para poder pagar sombreros más caros que el mío. En esta ciudad, todo el mundo parecía tener la educada misión de despreciarme. Volvía a casa, oliendo la lluvia sobre los setos de los barrios ricos, pensando en comer huevos fritos y rajarme las venas, un poquito solo, e imaginar que la sangre era el tabasco sobre las yemas de sol de los huevos fritos. El aceite empezó a chisporrotear y puse algo de The Smiths que siempre lo suavizan todo. Al hundir el pan en la yema, pensé en mamá, y sonreí al ver el sombrero sobre la mesa. Una pequeña victoria mojada.

enfant terrible,
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