16 de Mayo 2018

paletas

Volvía borracho a casa, triste, y solo. Cuando se abrieron las puertas del ascensor, fui incapaz de levantar la vista hasta verme reflejado cara a cara. Ya sabes, nunca te mires en un espejo de noche. Así que me miraba la punta de las zapatillas subiendo la mirada hasta las rodillas. Calibrando, pero sin pasar de ahí. Siete pisos de ascensor a unos tres metros y medio de velocidad de subida. Es un ascensor casi tan rápido como mis caídas. Cerré los ojos y me pegué un cabezazo contra el espejo. Estaba esperando algo de sangre. Partirme la nariz. O una brecha en la frente. Algo que doliese y gotease. Pero debí ser poco certero porque me partí la segunda paleta de la boca. Cerré los ojos y sólo podía ver una infografía de un dentista americano de los años setenta, en la que los incisivos centrales superiores de una sonrisa perfecta brillaban tanto que podrían haber iluminado toda la ciudad de Arkansas. Al abrir los ojos y mirarme, por fin, cara a cara al espejo, vi que ya tenía partidas y biseladas las dos paletas. Parecían cuatro incisivos delgaditos que conformaban la puerta de entrada a un alma que hacía esfuerzos por no salirse por la boca. Después, alguien debió llamar al ascensor, se cerraron las puertas, y empezó el descenso. Limpié la sangre y la baba del espejo con el puño de la camisa, y cuando tu recuerdo abrió la puerta en el entresuelo, no me atreví a sonreír.

enfant terrible,
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