14 de Mayo 2018

demi-plié

Nunca nadie será como Claudia, porque Claudia es un ángel. Y no es una licencia poética, es algo físico, porque cuando sus siete años se enfundan en el tutú de ballet, sus puntas se convierten en el eje de rotación de la tierra. Y cuando mira al cielo, dibuja en el conjunto vacío que alcanzan sus manos, todo lo que un ángel debería abrazar. Después, empieza a baquetear sobre sus clavículas con el pulgar y el anular, como si estuviera siguiendo un ritmo de batería en su cabeza. Y con la mirada fija en el suelo, en los tiznajos negros sobre las vetas de madera del parqué que, en realidad son las nubes de la mesosfera, porque aunque ella aún no lo sepa, es un ángel, y su suelo es nuestro cielo, empieza a deslizarse como agua recién llovida que no es, sino el inicio de la vida. Después abre los ojos, nos sonríe y tapa el agujerito de entre sus dientes con la lengua, y se ríe, risueña, y habla de unicornios, y nos quedamos todos con la duda si sólo es una niña más de siete años feliz y sensible, o quizá sí sea un ángel, o un verdadero ser mitológico, bajo ese pequeño moño que parece recoger y cerrar el envoltorio de las incógnitas.

enfant terrible,
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