8 de Mayo 2018

agujero

Vivo tan aislado que carezco de los mecanismos sociales para recibir visitas. En casa hay agua y café, sólo eso. Pero nada de alcohol ni azúcar para el café. Ni azúcar blanco, ni de caña, ni esas pequeñas piedrecitas que, cuando mi sobrina las pone al trasluz y mira a través de ellas me pregunta si es el ámbar de Jurassic Park, y cuando me ve dudar, se ríe como una loca, y me recuerda que soy el último dinosaurio en extinguirse. La casa no está prevista para visitas, porque las siento tan intrusivas como investigaciones de un inspector. Porque hubo tanta vida los días buenos que siento que cualquier humano podría vampirizar los recuerdos y venderlos, en el mercado negro, a cualquier adicto a la felicidad ajena. No me podría perdonar que alguien vendiera la mirada de uno de estos cuadros por menos de lo que se paga por una caja de acuarelas. Han pasado casi quince años desde que se estropeó el telefonillo y decidiera no arreglarlo, porque suponía el pretexto perfecto para no abrir la puerta, y porque a nadie le gusta esperar a que baje descalzo a la calle a abrirles, o esperar a que deje caer las llaves atadas a una bolsa del supermercado, formando un pequeño paracaídas de plástico blanco, para asegurar una caída lánguida del llavero, y evitar cicatrices en la frente. Resulta tan pretendidamente odioso llegar hasta mí que, cada vez que alguien entra en casa, rezo para que no se vaya nunca, una vez pasado el primer cuarto de hora. Aunque, evidentemente, siempre lo hacen, sólo es cuestión de tiempo. Mi vida es un arrozal en el que nadie sabe cómo pisar, ni siquiera yo. Sólo agua y café (sin azúcar). Tienes quince minutos.

enfant terrible,
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