17 de Abril 2018

mirilla

Algunas veces, cuando no te das cuenta, te aparto el pelo y corro la mirilla que tienes a la altura de la nuca. Y espío, en silencio, todo lo que ocurre en el interior de tu cabeza. Para tratar de entender qué es lo que sucede ahí dentro. Y veo cómo, poco a poco, el rellano de tu cerebro se llena de transeúntes apresurados como la hora punta del metro en una megápolis maleable de materia gris. Y lo observo todo, desde fuera, desde lo alto, como un jefe de estación encerrado en su cabina transparente de mandos. Tratando de entender el algoritmo escurridizo de las excusas, de prever la puntualidad de los porqués, y evitar que las mejores ideas, las más brillantes y luminosas, salten a la vía en los días nublados. Y diría que podría enmarcar en las paredes de los laberintos de tu cerebro algunas de tus sinapsis para que, cuando pase el tiempo, no se pierdan en el olvido, y puedan ser observadas como obras de arte. Pero seguramente, el error sea que no soy el jefe de estación de tu cabeza, ni el cuidador de la última sala del museo de tus ideas, soy sólo un tablón de madera roído, que forma parte de la vía, sobre la que cada noventa segundos, aparecen seis vagones que arramblan con todo. Tu cabeza es mi narcopiso. El opio de mi pueblo. Mi abrevadero de patos del que seguir bebiendo. Mi mirilla a Dios.

enfant terrible,
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