2 de Abril 2018

Nerea

Bea ha llegado preciosa, con su hija en brazos, y terriblemente sonriente. En realidad he llegado yo tarde, como siempre, y Bea me estaba esperando con el llanto de Nerea saliendo del interior del carrito, pero lo anterior es lo que ha ocurrido en mi cabeza. Después, hemos entrado en un café y nos hemos sentado junto a la cristalera, siempre cerca del sol.
Estoy hablando lo suficientemente alto (yo, que siempre susurro) para que la chica que tenemos sentada en la mesa contigua y que finge estar concentrada en el fondo de su taza de té, pueda seguir perfectamente la conversación que mantengo con Bea.
Hemos hablado de lo bonita que es la vida cuando empieza, y lo extraña, y lo difícil. También hemos hablado de sus aciertos y de mis errores. Y de la postal de Hiroshima, que era preciosa, y delicada, y dolorosísima, enviada desde el mismo memorial de la maldita bomba, y seguramente no fue una gran idea aquella frase de Hiroshima mon amour, pero ahora qué más da. Y del iPhone de Shibuya, que acabó extraviado como el amor, como el que te roban de entre los dedos, y se escapa de cualquier patrulla sin dejar apenas rastro, y mi dedo roto, y volver a casa descalzo, y nos reímos, como siempre, porque cualquier viaje a Japón es un principio de Harakiri. Mientras Nerea, la hija de Bea, no deja de llorar desde sus cinco meses de leche materna, se me va la vida en cada trasfusión de vida, la quiero tanto que apenas puedo mirarla.
Porque la chica que está sentada en la mesa contigua, escucha como alguien que después escribirá sobre esto, porque mira como alguien que está reteniendo partes de conversación para después reproducirlas sobre el teclado, pero disimula tan mal como un niño en su primera mentira. Tiene pelos de gato blanco sobre la chaqueta azul, y más ansiedad que uñas en el extremo de los dedos. Pero nosotros a lo nuestro, que el pecho no es infinito, aunque lo parezca, ni siquiera el amor, pero tenemos que inventar historias para que nuestra desconocida amiga tengo algo sobre lo que pensar cuando atraviese la puerta y se ponga la bufanda.
Así que ahora, seguramente, ella estará en casa, escribiendo sobre una chica altísima que le daba el pecho a su hija, en una cafetería del final de Paseo de Gracia, mientras el sol, entre cristales, iluminaba la cara de un perdedor con patillas, que le explicaba todas sus derrotas amorosas, alzando un poquito la voz, para que ella pudiera apuntarlo todo, en los renglones de su memoria.
Me he dado cuenta que Nerea ha dejado de llorar justo cuando he dejado de hablar. Como si lo hubiera entendido todo. Desde sus cinco meses de vida.

enfant terrible,
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