19 de Marzo 2018

cipreses

A la cárcel has venido a robar, es mi nueva frase favorita, desde que la escuché el otro día, en la voz raspada de un locutor argentino, cuando un centrocampista blandito intentó tirarle un caño a uno de esos defensas marrulleros, que debió nacer con sangre en las espinillas, los pómulos fracturados, y de un útero etrusco. Al final, el caño no prosperó, y el defensa juntó los omóplatos, elevando el trapecio, y dejando a la vista de cualquiera mínimamente especial, sus enormes alas negras de ángel redentor. Andaba pensando en eso cuando he visto, a través de la ventana, que los cipreses están creciendo extrañamente rápido, como los dedos de un niño tratando de atrapar el cielo, desde la cuna, sabiendo que (un ciprés) es un monumento funerario lleno de viva. Los domingos atardece demasiado rápido, al menos desde la ventana de tiempo en la que uno se pone a escribir. Después te levantas, enjuagas los platos con agua hirviendo, hasta que consigues que las venas asomen en la superfície de las manos, y te das cuenta que empiezas a estar más cerca del ciprés que del niño, y es que si no existe un futuro en las Termópilas habrá que ensuciarse mucho las manos. Así que, más allá de la literatura que se le presupone a los regates sobre el césped, y la cinética de las batallas espartanas, la última vez que nos hemos visto, después de abrazarnos con indulgencia, nos hemos mirado con una cara terrible y desafiante de. A la cárcel has venido a robar.

enfant terrible,
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