3 de Marzo 2018

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Tracear un cerebro a partir de su mac address. E intentar encontrarlo en el último recoveco de la ciudad. Por la necesidad física de volver a olerlo. Y dibujar esa sensación con las manos, en el aire, para tratar de atrapar el recuerdo. Y saber a fe ciega, a pecho abierto, a alma a bocajarro, que el esfuerzo, la visceralidad, y el posterior efecto rebote, tras el choque, merecería la pena. Porque podría dedicar las tres próximas reencarnaciones a la búsqueda, con el convencimiento, que volver a verte, y sentarme ante ti, sería tan bonito y doloroso, que me permitiría llorar hacia dentro, como un niño reversible, despojado de la vida, y empujado útero arriba, con el último disparo de euforia, que supondría hacerte el amor por primera y última vez, como un soplo de purpurina helada, de la que se incrusta en la pleura, que desaparecerá hasta el próximo trasplante de alma, en este lista eterna de donantes escasos y rácanos, en la que se ha convertido mi vida, una espera hacia el accidente de volver a encontrarte. Pero claro, eso sólo sería posible si pudiera tracear un cerebro a partir de su mac address.

enfant terrible,
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