10 de Febrero 2018

ferrocarriles de cuba

En el sueño atravesábamos la Habana corriendo. Huíamos de alguien pero era una persecución sin rostro. La ciudad estaba divida por la vía del ferrocarril. Nadie podía soñar con atravesar al otro lado de la vía. Era un muro de Berlín en el ideario colectivo. Todo el mundo sabía que al otro lado estaba la muerte. Corríamos cogidos de la mano. Con más humedad que sudor. Y pese a la angustia y el miedo, me divertía al darme cuenta que era incapaz de apartar la mirada de tu escote. La adrenalina estaría haciendo sus cosas de adrenalina para mantenernos vivos y alerta. Y la testosterona estaba haciendo lo propio con la felicidad del sur. Recorrimos todas las calles desvencijadas hasta doblar un callejón y encontrarnos ante El Nacional. Te recogiste el pelo con una mano y con la otra te colocaste los volantes del vestido de novia. Conseguimos entrar al hotel tras convencer a los porteros que asistíamos a nuestra propia boda. No era fácil explicar la premura, ni el sudor, ni las mejillas rojas como el antiguo régimen. Al despertar, entendí que quien nos perseguía, éramos nosotros mismos.

enfant terrible,
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