7 de Febrero 2018

Mi nacionalidad es una IP dinámica. Soy un paquete intraceable hacia atrás. Poco importa el conmutador inicial. Los colores del cable de red no son mi bandera. El cobre es mi señor, nada me falta. Mi único sentimiento de pertenencia está descentralizado y fragmentado. Cada humano en sí mismo constituye un nodo de red. Algún día el rango de IPs se extenderá a nivel lácteo. Cada átomo del universo será un nuevo punto de red. Un mallado universal e infinito. La distopía del nacionalismo. La tecnología universaliza y equipara. Somos imprescindibles para el mallado pero indistinguibles y carentes de importancia como unidades individuales. La única frontera que perdura es el estado cuántico. La idea de país chirría tanto como los primeros módems de los años setenta de la vieja época analógica. El flujo de bits es tan escurridizo que se escapa de entre las manos de cualquiera que intente atraparlo. Existe una oración aleatoria en el parpadeo de los diodos verdes que nos rodean. Dios palpita y se destruye en cada transmisión. Mi nacionalidad es una IP dinámica. Hoy no soy quien seré mañana.

enfant terrible,
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