25 de Enero 2018

videollamada

En la videollamada, Dios aparece despeinado y algo desaliñado. Diríase que, tranochado y algo endiosado. Como un adolescente con resaca. O un Peter Pan mal diagnosticado.
La cobertura es mala, como cabía de esperar, y la señal se debilita provocando que la imagen se entrecorte y pixele, convirtiendo a Dios en un testigo protegido, lo que no deja de tener gracia, y quizá sentido para una futura versión digital bíblica.
En la primera parte de la conversación reconoce que nunca tuvo un plan, que en realidad no eligió ser quien era, y que muchas veces se vio superado por las expectativas. Bebe mucha agua, estrujando las mejores nubes, y reconoce que sí, que es resaca. Después admite que, en realidad, él sólo quería ser una estrella del rock. Casi como cualquiera, se ríe. Drogas y la eternidad de lo fútil.
Justo antes de acabar la conversación, se derrumba (si es que un dios puede hacerlo) y entre sollozos consigo entender que. Desde que le convirtieron en un experimento de inteligencia artificial, todo ha cambiado mucho. Las condiciones no son tan buenas como las de antes. Y nadie le advirtió que la inteligencia artificial podía aprender a deprimirse.
Él era feliz con su vida de Dios previa. Ya sabes, fe inagotable, omnipotencia, domingos de ego, rayos de luz entre las nubes. Echo de menos los viejos días de la estupidez artificial, dice. La fe analógica era un sitio más cómodo. Tapa la cámara con la mano y se oyen dos cubitos caer en un vaso.

enfant terrible,
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