12 de Enero 2018

híbrido

Su cerebro suave y silencioso, sonaba como el motor híbrido de un coche japonés acercándose sigiloso a un paso de cebra. Había en cada uno de sus gestos una precisión encomiable. Y en sus frases, una dulzura que lo tapizaba todo. Por alta que cayese la copa, el impacto era absorbido por el suelo blandito y enmoquetado de sus buenas maneras. Nunca esquirlas de cristal ni nada con lo que cortarse.
En realidad aquella perfección enmascaraba al monstruo que habita en todos nosotros. Agazapadito, bajo el cuadro de mandos, pero que emana al tirar, poco a poco, del cableado exterior que supone el pelo, e indagar cerebro abajo, al acercarse al bulbo de la visceralidad y las pulsiones.
Sólo hay que encontrar un rasgo y convertirlo en idealizable. El resto, en el amor, es prescindible y decepcionante. Pero lo idealizable debe ser idealizado. Porque ese es el único combustible que puede llevar a dos cerebros, híbridos y silenciosos, a consumir kilómetros de cerca. Sin competir ni estrellarse. Hasta que la autonomía de uno los dos.

enfant terrible,
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