5 de Enero 2018

octopúsico

Era un barrio octopúsico. Tentaculoso. Podía asfixiarte con cualquiera de sus seis brazos de calles sucias. Y sus dos piernas adoquinadas. Era helénico, de cara pintada, y garganta abultada, no garganta sino gaznate, y epidermis púrpura, violácea, que rezumaba uva prensada, pisada, e ingerida. Cada filamento de bombilla de un antro era una bengala en los ojos del adicto, del que se secuestra a sí mismo para no volver y no pide rescate porque sabe que su alma no vale nada. Como todas las almas que ha violado la pobreza de este barrio, que ahora envuelve en mantas roídas, habitando cuerpos que reposan en el suelo de los soportales, y cuyas narices abultadas, esperan como quillas de barcos varados a que Poseidón los rescate de los tentáculos de este barrio octopúsico. Los seque, los peine, y los abrace. Para quizá, embarcarlos, en una misión más cruel y degradante. Un dios, como tantos, que embarca rehenes subyugados en dirección a limbos de niebla.

enfant terrible,
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