15 de Diciembre 2017

intermitentes

En el sueño, el incendio era lo suficientemente violento para que todos pensáramos que iba a ser definitivo. Desde la calle, tú levantabas la vista hasta mi ventana. Y yo, desde allí, tras el humo, podía verte algo asustada, pero también feliz. Porque cualquier cuerpo quemado es la prueba definitiva del fin. Y en el fondo de tu pupila, crepitaba el alivio de algo doloroso. La liberación que suponía la muerte del otro.
Tras de ti, pasó un precioso Mercedes de los setenta. Pensé que erais los dos últimos fotogramas bonitos que iba a presenciar. En mi cabeza no había banda sonora. Sólo la tos del humo. Mis ojos convulsos, bajo los párpados, como en cualquier sueño que incluye a la muerte.
No llegaron nunca los bomberos. Y tú, desapareciste. Y contigo el fuego.
Al despertarme fui corriendo hasta la ventana. El pie de la cortina estaba algo quemado, roído. Al asomarme, tú ya no estabas. En la esquina, un precioso Mercedes de los setenta, parpadeaba naranja de intermitentes. Me puse un abrigo y bajé a la calle. Supe que tenía que llegar a ese coche antes de que desapareciera.
No funcionaba la radio y tú estabas en el asiento del copiloto. No sé conducir, me dijiste. No parecía que nos conociéramos. Fue una primera conversación entre dos personas que sólo querían escapar de un incendio. Quizá el humo estuviese enturbiando los bronquios del sueño. A Nerón la lluvia le da igual. Arranca, por favor.

enfant terrible,
comentarios
comentarios