3 de Noviembre 2017

casa portuguesa

En la casa portuguesa falta un caballo y una torre por parte de cada bando, las piezas blancas y negras están huérfanas. Pero es un tablero transparente, tallado en cristal, no especialmente bueno, algo traslúcido, y eso ayuda a que la ausencia sea menor o menos evidente que si las piezas fueran tallas de madera. Porque el cristal permite la invisibilidad (y eso lo sabe cualquier niño tímido que sueñe con desaparecer mientras mira a través de la ventana) de las piezas de los extremos, que nadie parece advertir mientras bebe café, come pastéis de Belém, y compra discos de enésima mano. He encontrado un vinilo de West Side Story para papá, con el rojo algo decolorado por el sol, pero la intención es recordar la juventud y la gracilidad de movimientos, ahora que las articulaciones empiezan a fallar. Al girarme, he visto en la cocina, junto a los libros de recetas portuguesas que el único instrumento no culinario es un disco de Radiohead, aquel que prometía ser para siempre ahora que han pasado diez años, y he pensado que quizá, pocas cosas pueden rezumar más melancolía que un cocinero portugués escuchando Radiohead, pero claro, no lo he dicho, y me he callado, porque la respuesta es evidente, y nace y muere en uno mismo. Como el amor, como tú, como las piezas de ajedrez desaparecidas, que deben descansar en el fondo de un abrigo de lana que recorre la ciudad, con el callado secreto de un secuestro mínimo por el que nadie pagará el rescate. Ni siquiera la reina.

enfant terrible,
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