25 de Septiembre 2017

pluma

En el momento en el que alguien le dijo que apretara bien fuerte el algodón empapado en alcohol contra el pequeño orificio de sangre que quedó en su antebrazo tras el análisis, supo que estaba ante la misión más importante de sus cuatro años de vida. No podía calibrar si cuatro años de vida eran muchos o pocos, ni siquiera era capaz de intuir si los cinco minutos que debía estar apretando el algodón duraban más o menos que el camino que le llevaría a casa. Pero lo que sí intuía, con un prematuro orgullo, es que iba a ser un superhéroe para consigo mismo. No podía dejar de mirar el algodón, ni su dedito índice aplastándolo con la precisión de quien sabe que la vida, la suya, depende de lo bien que obture la boca de incendios de su rechoncho cuerpo. No podía escaparse ni una gota de sangre le habían dicho, pero lo que nadie le explicó es cómo aquella sangre extraída volvería a su cuerpo. En su cabeza, por la noche, alguien repondría los tubitos rojo oscuro, de nuevo, en su cuerpo. Como cuando él cambiaba los cartuchos de tinta de su pluma heredada. Y esa espera, se convirtió en una terrible angustia nocturna en la que, en la pesadilla, la boca de incendios se disparaba y la pluma se deshidrataba.

enfant terrible,
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