28 de Agosto 2017

vértigo

Es Lunes en las pupilas del niño que mira, desde la orilla de Cabo Cañaveral el despegue del cohete espacial, y al darse cuenta que no tiene nada que ver con la imagen mental de los cohetes de los dibujos animados, se queda mirando la ignición, y el rojo del fuego bajo el propulsor, y poco a poco entiende que no quiere ser astronauta, sino pirómano.
Y treinta años de Lunes después, el niño pirómano crece y se convierte en señor pirómano, y un día en su refugio de montaña, enciende la televisión, para ver cómo arde el bosque que el mismo ha quemado, y mientras el olor del humo se cuela por entre las rendijas de la ventana, el rojo de las llamas, en los píxeles de la pantalla, no se parece al fuego que quemaba en la cola del cohete en aquella misión aeroespacial.
Así que al sentirse de nuevo extrañamente decepcionado, devuelve el poster de Gagarin a la pared, tratando de reaprovechar los agujeritos que dejaron las chinchetas en las esquinas de esa gran foto amarillenta. Y mira al cielo y no sabe si pedir perdón por los sabotajes a la tierra, o por su mala intuición respecto a todo lo que arde, o por haber sido un niño con vértigo que sólo quería sobresalir.

enfant terrible,
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