11 de Julio 2017

drones de fe

Hemos enviado nuestras oraciones a Dios en un dron. Las vemos alejarse, hacia el cielo, como si fueran farolillos tailandeses voladores. Con la barbilla apuntamos al rastro invisible que deja el dron en el cielo, y en nuestra retina, en la poética, el parpadeo de la luz en la tripa del dron es la llama que quema la parafina del farolillo.
El optimismo dura el lapso de tiempo en el que no aparecen las preguntas. Y eso es identificable en cualquier mirada que apunte al cielo. En cuanto las preguntas parpadean los cerebros se recolocan y deshacen el camino desde la rampa d elanzamiento. El optimismo cesa y con él, la fe. Vuelven al hangar y en cuanto la puerta se cierra, asumen que el dron caerá, cuando la batería muera, y no habrá litio que esté a la altura de nuestras oraciones.
Así que, cuando Dios se acerca a la orilla y se moja los tobillos, sabe que al lanzar el anzuelo, no hay dos peces que lo verán entrar en el agua de la misma manera. Ni a él, ni al anzuelo. En ese momento, el dron cae en barrena y entra en el mar, salpicando la fe de todos los que miraban desde la orilla.

enfant terrible,
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