30 de Junio 2017

corral

La gallina es tan ecológica porque es virtual, en realidad ni siquiera existe. Ni tampoco el precioso huevo que acaba de poner, que no es sino un holograma maravillosamente iluminado y cálido, de vida. Con un 0 imprimido sobre la cáscara para denotar el mayor grado posible de ecología. Es una gallina de corral digital. Comparte granja con otros seis gigas de gallinas, alimentadas en paralelo por radiofrecuencia. Así, el calor disipado por los emisores, permite incubar los huevos calentitos, a la espera de que nuevos pollitos holográficos resquebrajen la cáscara de bits, y asomen la cabeza sonrientes como en dibujos animados de los años setenta.
Una alimentación inexistente es la mejor forma de prevenir el colesterol de los nuevos robots, que tanto intentan asemejarse a los antiguos humanos, y fingen preocuparse por aquellos viejos problemas de arterias que asolaron los telediarios de principio de siglo, ocupados por cardiólogos de batas blancas, con su número de colegiado sobreimpresionado en pantalla.
Así pues, cuando los huevos holográficos llegan al plato de estos robots, mojan pan -también proyectado- con mucha miga sobre la yema virtual de preciosos huevos fritos naranjas y brillantes como el amanecer de la vieja tierra las mañanas de primavera. Y dicen. Siguen sabiendo como los de antes. Lo que no mata engorda.
Y sonríen, mientras ven pasar bajo el calor, al otro lado de las ventanas polarizadas, a los humanos que cargan con enormes cubos de agua en dirección al sistema de refrigeración del corral digital.

enfant terrible,
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