18 de Abril 2017

bicarbonato

A veces me disperso y no pienso en nada. O, al menos, en nada importante. Quizá en la vida. O en la literatura, que es la vida vestida. En definitiva, en nada importante. Esta mañana, en el lavabo del baño, había una cucaracha. Era tan grande que, por un momento, he pensado que podía haber sido el escarabajo de la portada de la Metamorfosis de Kafka. Me ha saludado, me ha dicho que era Martes, me ha pedido que no le prestara demasiada atención dándome a entender que no hacía falta que la matase. He cerrado los ojos y he esperado que se perdiera tubería abajo. He escuchado un gracias metálico proveniente del fondo del tubo, supongo. He vuelto a la cocina y he puesto a hervir agua después de lavarme las manos con una enorme pastilla de jabón. Las pompas, en mi mano, han empezado subir al techo, y las burbujas de agua hirviendo las han imitado. La cocina se ha convertido en un acuario. Me he sentado a amasar la pasta con la intención de preparar tallarines, pero en seguida han endurecido y al enredarse se han convertido en un pulpo de cartón. He preparado café, para poder observar, con más atención, el extraño espectáculo. Y una vez dentro de mi batiscafo, mientras bebía café a sorbitos y me enjuagaba con bicarbonato, he buscado bajo el asiento mi libro favorito. En la portada podía verse la silueta de una enorme cucaracha sobre las letras mayúsculas de la Metamorfosis de Kafka. A veces me disperso y no pienso en nada. O, al menos, en nada importante.

enfant terrible,
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