15 de Abril 2017

alambique

Todas y cada una de las voluntades pertenecientes a la noche se han roto. Están agujereadas por las balas invisibles del alcohol. Ondean como sábanas rasgadas en un prado mal iluminado. Existe un censo de nombre propios, incontables, que se han convertido en almas destiladas, tras el alambique de Dios. Se han evaporado las miradas vidriosas y el pequeño bosque otoñal de los capilares en los ojos. El delirium tremens resbala, de una forma proyectada, por el tobogán de la nariz abultada. Después las voluntades se tuercen en un barco en el que no hay capitán; todos los marineros son corsarios que zarandean el timón. Hasta que el oleaje llega a la cubierta y, poco a poco, las filtraciones atraviesan los tablones de madera. El cerebro se inunda de salitre mientras alguien brinda por el abordaje. Dos pequeños gorilas verdes embalsaman las meninges en un diminuto barril de roble. Las luces se apagan y ya no amanece. Las sábanas rasgadas apenas se mueven.

enfant terrible,
comentarios
comentarios