12 de Abril 2017

gratis

No hay nada gratis, pienso, mientras miro a un pescador. En realidad, ni siquiera sé si es pescador. Es un turco de rasgos cetrinos, haciendo malabarismos para no escurrirse en las rocas cercanas a la orilla. Está troceando un enorme pan de hogaza y lanzándolo al mar, con más fuerza que estilo, como si fuera un boomerang muy pesado.
Tiene un cubo blanco de pintura del que va sacando panes duros, y los trocea con las dos manos como si estuviera abriendo pistachos gigantes rellenos de miga. Los peces en seguida aparecen, diminutos incluso bajo el efecto lupa del agua, pero en esta orilla verde del Mediterráneo, ese parece el calibre de los cuerpos plateados.
Cuando el último cubo se vacía de panes de hogaza, el turco se acerca a su coche y vuelve con una caña de pescar. Lanza el anzuelo desde la orilla sobre los peces que siguen arremolinados en torno al pan mojado que aún flota en la superficie. Y, tras dos estrofas de canción turca, se gira hacia mí, recogiendo el carrete de la caña, y con él, a su primera víctima. Y tras una sonrisa socarrona dice. No hay nada gratis.

enfant terrible,
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